lunes, 27 de mayo de 2013

Sobre Los Enamoramientos



Aquí les dejo un fragmento de este artículo de Manuel Rodriguez Rivero: Abismos del amor y otros entusiasmos, que habla sobre la novela de Junio, Los Enamoramientos de Javier Marías. Para leer el artículo completo pueden acceder al link, allí se hace mención a otras obras que quizás sean de interés. Sin embargo, me pareció interesante lo que dice sobre este el libro que estamos próximos a discutir.

Con la última novela de Javier Marías (Los enamoramientos, Alfaguara) me ha vuelto a ocurrir. Conste que, después del tour de force de Tu rostro mañana (2002-2007), me sentía predispuesto a disculpar probables desfallecimientos en un libro que suponía "menor". Y, de hecho, sentí cierta impaciencia en las primeras páginas por lo que califiqué (demasiado pronto) para mis adentros de manierismos mariescos, una especie de sensación de déjà lu que atribuía a una voz que me resultaba conocida (aunque de otro género), a la característica alternancia de fragmentos reflexivos o intensos y otros más ligeros o humorísticos, a la presencia de estilemas y manías que me resultaban familiares. Hasta que, de repente, y por puro efecto acumulativo, la narradora de Marías consiguió arrastrarme en un implacable flujo verbal que, a medida que avanza, se llena de resonancias y pliegues, de referencias (literarias) a otras historias que actúan como vibrantes ecos de la que va contando, en la que la peripecia (más bien interior, como en una especie de thriller filosófico) se despliega a partir de la conciencia de una mujer atrapada (y no es la única) en el laberinto moral del amor. Novela de escasos personajes (apenas cuatro principales), destilada e intensa, y es que, como Bernhard, Marías concentra su relato en lo que resulta esencial, de modo que, poco a poco, el lector descubre que ninguna anécdota es superflua y que, a medida que avanza, van atándose cabos aparentemente sueltos, iluminándose retrospectivamente a lo largo de esta historia de amor y crimen en la que reaparecen (teñidas de un tono más pesimista) las obsesiones del autor: la lealtad y la traición, la imposibilidad de conocer algo con certeza, la frecuente impunidad del mal, el regreso (anhelado al principio, y luego temido) de los que nos dejaron o abandonaron, la mezquindad y abyección de las que son capaces los amantes. Y todo ello salpicado aquí y allá por la panoplia de sus trucos habituales: homenajes, guiños de ojo, leves bromas irónicas y autobiográficas, suaves ajustes de cuentas (y alguna pequeña fobia), referencias o burlas a determinadas situaciones, personajes o comportamientos de ahora mismo. Por lo demás, me puse a leer la novela el jueves por la tarde y la acabé al día siguiente. Y, créanme, llevo desde entonces enfadado conmigo mismo por no haber podido racionarme la lectura para hacerla durar más tiempo. Quizás ninguna novela ha cambiado nunca la vida de nadie. Pero, afortunadamente, todavía se escriben algunas que consiguen hacernos disculpar -aunque sólo sea por unas horas- esa lamentable limitación.”

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