miércoles, 19 de junio de 2013

Marcel Proust: En busca del tiempo perdido, 1. Por el camino de Swann


Confieso que llegué a la obra de Proust con mucho escepticismo en cuanto a mi capacidad lectora,  con el temor de que no lograría terminarlo. Un poco como me sucedió con el Ulises. Sin embargo desde las primeras páginas ya pude presentir que este sería uno de esos viajes sin retorno. Uno de esos viajes en los que al terminar me quedaría añorando a los compañeros de viaje. Pensando en ellos. En lo que vivimos juntos, y con ese vacío que te dejan esas personas con quien viviste tan de cerca algo. Algo compartido y que de pronto, por el simple hecho de que todo acabó y llega la hora de seguir por otro camino, no te queda más remedio que asumir la distancia.


Es difícil decir de qué se trata el libro. ¿Dónde empieza? Es un niño que nos va describiendo la belleza del pueblo donde pasa las vacaciones con sus padres, una belleza tan poética, tan sutil, tan bien descrita que uno siente que está allí y uno quiere perderse con él. Es un niño de una sensibilidad extrema, y uno sufre con él las vicisitudes de añorar los besos de su madre. Uno va experimentando esos primeros enfrentamientos con el corazón roto, con el miedo de expresar el amor. Además él descubre que quiere ser escritor, y la forma cómo lo hace, a través de las lecturas, de su relación con un hombre que se vuelve una especie de espejo, por su forma de ser, de abordar la vida, y sobre todo la forma como la vida, el entorno lo aborda a él, a Swann. La forma como Proust nos lleva por ese viaje. La descripciones de la familia, los almuerzos, los salones. Uno siente que está viendo la vida, no leyendo una historia.

Luego viene una segunda parte. La historia de amor entre Swann y Odette. Swann un hombre culto, sensible, rico, inteligente, amado por todos por su forma de ser, poco petulante pero extremadamente refinado, comienza  coquetear con una mujer a quien considera casi fea, ordinaria, un poco tonta y a veces hasta aburrida, que tiene mala reputación y que le es infiel desde siempre. Es un amor que nace casi del desprecio.

Entonces Swann, que siempre se vio a sí mismo aislado, inmune, casi insensible a cierto grado de pasiones, precisamente por su sensibilidad y su conocimiento del mundo cae presa de un amor que lo envuelve, lo descontrola, lo desarma y casi lo aniquila.  Uno se mantiene en vilo esperando a ver en qué momento Swann reventará o si al final estará a la par de esa imagen idealizada que tenía el niño de él, si el hombre de mundo finalmente triunfará sobre el amor. Si no serán después de todo la razón y la inteligencia, la que terminarán triunfando. Si los hombres una vez que caen tras las rejas de un amor como ese sencillamente no pueden salir, por más que intenten y por más que su razón les diga que no tiene caso estar allí. Que se espera en vano.

En la última parte el narrador regresa a su historia y nos cuenta de sus amores, de sus recuerdos, de sus reflexiones. Convertido casi en un espejo de Swann vivirá una experiencia llena de ironía y de melancolía. Una historia de amor plagada de soledades, de sensaciones de desasosiego, pero tan tiernas que uno se bandea entre la ternura y la desesperanza.

Este es un libro sobre la memoria, sobre el juego que se da entre nuestra vida y los recuerdos. Es como dijo alguien en la discusión, para ponerse a pensar entre tantas clases de personas, las que viven en el pasado, las que viven el presente y las que viven en el futuro, pero a todas les  afecta la memoria, porque los recuerdos impregnan todo, ya sea porque uno olvida, porque uno piensa que todo tiempo pasado fue mejor o porque uno no supo apreciar lo que feliz que era, incluso tal vez más bien porque uno espera y a la vez teme el futuro. Porque uno no sabe qué será más peligroso, si colmarlo de deseos y esperanza, o si más bien será mejor colmarlo de imposibles.

Quizás lo que no percibimos es el poco control que tenemos sobre ciertas cosas como los sentimientos. A quién amamos, y cómo amamos. Y como por más que luchemos, por más que nuestra inteligencia nos sirva para utilizar ese amor, conservarlo y luchar por él de la mejor manera, al final siempre serán más fuertes que todo el raciocinio de los hombres. Al final cuando los sentimientos son de verdad no hay escapatoria.  

A mi modo de ver, Odette jugó con Swann, pero jugó para mantenerlo. Jugó para enamorarlo con la maldad de los que aman. Con la crueldad de los que no quieren aceptar un amor, o saben que  hay mucho que tienen que sacrificar para llegar a tenerlo y lo que es más, los que saben que la forma más segura de mantener un amor es ser egoísta, porque después de todo, el amor cuando más placer da es cuando uno lo vive de la forma más egoísta, buscando el placer propio, aunque eso conlleve una cuota importante de sufrimiento de ambas partes. Yo sí creo que Odette amaba a Swann. A su  manera. Como al final terminan siendo todos los amores.

Quizá lo más memorable es que uno siente que Proust pintó este relato. Lo pintó con palabras, y además utilizó pinturas, y ese paralelismo resulta casi mágico. Siento que no soy la misma, pues he visto en muchas cosas un reflejo de mí misma, y me he quedado pensando cómo estarán jugando conmigo los recuerdos, y cómo es realmente la vida de mis sentimientos, y mi vida a través de ellos. Como será para mí recorrer ese camino de Swann. 

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