jueves, 14 de noviembre de 2013

El ruido de las cosas al caer - Juan Gabriel Vásquez

El Ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vasquez. 

Debemos comenzar la reseña con una advertencia, este es un libro de sabor trágico. Sin embargo, está tan bien escrito, que para lectores sensibles, hipersensibles, como esta servidora que tuvo que dejar de lado ya dos veces Vida y Destino, de Vasili Grossman la lectura no sólo es posible sino que es placentera. 

Comenzar un libro que trata un tema tan delicado como la violencia con una imagen de hipopótamos no es fácil. Creo que ahí es donde un narrador pone en evidencia dos cosas, su inteligencia y sus dotes para envolvernos en una historia, en que la crueldad, la dureza, la impotencia de eventos que uno siente que nada tienen que ver con uno, pero que a la vez le cambian el juego, le arremeten contra el destino, y le sacan todo lo que había apostado de las manos, parece casi un subtexto.

Yo diría que El ruido de las cosas al caer es un espejo de lo que se siente vivir en un país violento de Latinoamérica. Uno va por la vida con la tragedia encima y cerca, y al final tal vez, lo que más lo desangra a uno es hacerse demasiadas preguntas. Es por eso quizás una de las cosas que más admiro de este libro es la valentía de abordar el tema de las heridas que abre la violencia, haciéndolo desde una sencillez tal que a veces a uno le cuesta palpar el alcance de esa palabra.

Juan Gabriel Vásquez además, no sólo logra retratar Bogotá, sino crear en las escenas más bellas, ese ambiente de la Colombia húmeda y selvática, que a veces recuerda a García Márquez, pero desde el realismo trágico, porque estos personajes víctimas de un mundo demasiado real, están más  bien buscando razones para creer en la magia. Tal vez ese en uno de las temas, una de las preguntas, ¿quién puede creer en la magia? ¿cuál es la realidad? ¿qué es el mundo real? Pero sobre todo, ¿quiénes son realmente los inocentes?

Más allá, Vásquez utiliza de manera magistral la metáfora de los aviones que caen, que están por todo el libro. Un poco como son los países cuando los eventos que marcan a un país se lo llevan por delante. Además es una metáfora dura pero igualmente bella para tratar el tema de la muerte. Cómo se nos desploma la vida frente a las muertes que no sabemos  a qué causas realmente adjudicar. Las preguntas que quedan y la validez de las respuestas que la vida nos deja contestar.

No es una temática fácil. Las presiones del dinero fácil, la sensación de que ya te conoces el destino de los personajes, tal vez desde que entendiste la metáfora del hipopótamo asesinado, y su destino, y las distintas lecturas que le hace la prensa, y las que le hacen quienes en algún momento lo visitaron en cautiverio, en pleno esplendor de un horror que parecía que no iba a terminar nunca, de un horror tal que hizo sentir a muchos que jamás podrían contra ellos y que era mejor unírseles.


En medio de todo esto está una historia de amor. Siempre hay en medio de toda tragedia una historia de amor. Es aquí donde vienen los aplausos de pie a Juan Gabriel Vásquez, porque podrá sonar cursi, pero al final uno vive, (y esto lo dice uno de los personajes abiertamente, pero es algo que no es nuevo) desde al amor o desde el miedo. Quien vive desde el miedo está perdido, y es el problema con las sociedades doblegadas por la violencia, que viven desde el miedo, y deslastrase de esto no es fácil. Sin embargo, luego de una semana de haber terminado el libro entendí que el final todo se salva quien regresa al amor. Ese es un viaje interno. Uno piensa que se ama desde afuera, que se ama porque te aman, que se ama por el otro, como un sacrificio, que además el amor no afecta nuestra forma de ver la vida, que no tiene que ver una cosa con la otra. No es así, al final el amor tiene más que ver con la relación con nosotros mismos de lo que nosotros pensamos. Y el amor, una vez que lo sentimos y lo aceptamos nos ayuda a entender dos pasos claves para vivir desde él, el perdón y el saber lo que significa dejar ir.

"No, yo no contaré mi vida, sino apenas unos cuantos días que ocurrieron hace mucho, y lo haré además con plena conciencia de que esa historia, como se advierte en los cuentos infantiles, ya ha sucedido antes y volverá a suceder. 
Que me haya tocado a mí contarla es lo de menos". 

"El ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha".

"Elena Fritts está dispuesta a aceptar su carácter idealista, pero eso, piensa, no tiene por qué condenarla a una vida entera de decisiones erróneas: también los idealistas aciertan de vez en cuando". 

"La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el invento de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos". 

"...un bogotano de verdad tenía que saber el significado de su bandera y proponiéndole a su hijos pruebas constantes de cultura urbana. 
 -¿No les enseñan estas cosas en el colegio? -decía-. Es una vergüenza. Adónde va esta ciudad en manos de estos ciudadanos."

"La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que va a sucedernos enseguida. El desengaño viene más pronto o más tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho". 

"Recordar cansa, esto es algo que no nos enseñan, la memoria es una actividad agotadora, drena las energías y desgasta los músculos". 

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