viernes, 22 de noviembre de 2013

La historia comienza: Gilgamesh


Libro I


Superior a todos los reyes, poderoso y alto más que ningún otro, violento, magnífico, un toro salvaje, caudillo invicto, el primero en la batalla, bienamado de sus soldados –baluarte lo llamaban, protector del pueblo, impetuoso aluvión que destruye todas las defensas-, en dos tercios divino y en uno human, hijo del rey Lugalbanda, que se convirtió en dios, y de la diosa Ninsun, abrió los pasos de las montañas, cavó pozos en sus laderas, atravesó el vasto océano, navegó hacia el sol naciente, viajó hasta los confines del mundo en pos de la vida eternal, y cuando hallo a Utnapishtim –el hombre que sobrevivió al Gran Diluvio y a quien se le concedió la inmortalidad-, restauró los ritos antiguos, olvidados, levantando de nuevo los  templos que el  Diluvio había destruido, renovando las imagines y los sacramentos por el bien del pueblo y de la sagrada familia. ¿Quién puede igualarse a Gilgamesh?¿Qué otro rey ha inspirado tal temor? ¿Quién más puede decir: “Sólo yo reino entre todos los hombres, supremo entre todos los hombres”? La diosa Aruru, madre de la creación, había modelado su cuerpo y lo había hecho el más fuerte de los hombres: enorme, hermoso, radiante, perfecto.

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