lunes, 2 de diciembre de 2013

Historias de Constelaciones: El Águila

El Águila:



El ala derecha del águila coincide con el Ecuador celeste. Su pico apunta hacia la espalda del Delfín.

-     -  ¿Un poco más de néctar Zeus?-  Preguntó Hades.

La noche cayó sobre el Monte Olimpo, allí en lo alto, muy alto en el cielo. Como todas las noches Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón compartieron una copa de ese delicioso brebaje con su hermano menor, Zeus. Luego, se retiraron a descansar, salvo Hades, que se quedó un rato más con su hermano.

-     -  ¿Algo te preocupa? Te ves particularmente inquieto.

Zeus se encogió de hombros sin responder. ¿Cómo podría comprender sus hermano mayor sus problemas? Mientras él intentaba por su cuenta vencer el caos, sus hermanos y hermanas vivían lascivamente, preocupados únicamente por sus placeres. ¿Pensarían de vez en cuando en el camino recorrido desde la época de sus abuelos? En ese tiempo en el que no existía solamente Gaia, la Tierra, madre de todo lo que existía ahora, y Urano, el Cielo.

De su unión nació una curiosa prole, Los Titanes  y las Titánides, seis varones y seis hembras. Uno de los varones, Cronos, se fue violentamente en contra de su padre Urano, a fin de arrebatarle el poder. Se convirtió a su ve zen rey de los Titanes y se casó con su hermana Rea. Entonces, tuvo miedo cuando nacieron sus hijos, pensando que tal vez estos harían lo mismo que él había hecho con su propio padre, y lo alejarían del poder. Para no tomar ese riesgo decidió eliminarlos, pura y simplemente. Y como era una criatura de gran apetito escogió tragárselos cada vez que nacía uno nuevo.

Este acto sucedió cinco veces. Cinco hijos desparecidos llevaron a la desgraciada Rea al borde de la desesperación, hasta que un día, se burló de Cronos. Cuando el sexto hijo vino al mundo, no lo colocó entre mantos a él, sino que puso en su lugar una piedra, y la presentó al jefe de los Titanes. Voraz en exceso, este la tomó por su hijo y la tragó. El bebé fue enviado a Creta, al cuidado de una cabra, Amaltea, que lo alimentó y lo protegió durante muchos años.

Este bebé era Zeus. Mientras esperaba la edad de ser hombre, Rea durante una visita a Creta le reveló el secreto de su identidad, y los actos cometidos por su padre. Le explicó la complejidad de su familia, la cual debería entender a partir de ahora en adelante. Gaia, la abuela de Zeus, no sólo había traído al mundo a los Titanes. Había dado a luz a toda una cantidad de seres, a veces complejos, algunos de los cuales eran verdaderas criaturas de pesadilla. Los cíclopes, los gigantes, los hecatónquiros, que tenían cien brazos y vivían también sobre la Tierra.

Zeus que no era violento como su padre, mas era inteligente, astuto y reflexivo, sabía que necesitaba apoyo para atacar a Cronos. Se alió entonces con los gigantes, y atacó con ellos a los Titanes. Enseguida obligó a su padre a vomitar todos los hijos que se había tragado. En agradecimiento o tal vez para mantener la paz, Hera, Deméter, Hestia, Hades y Poseidón, quienes le debía la existencia a su hermano, lo dejaron gobernar sobre todo.

Era entonces Zeus quien gobernaba el Olimpo. ¿Qué podía molestarle a Zeus? Él era el jefe, el líder, y aún así no conseguía la paz. Gobernar en paz es una tarea ardua. A pesar del orden que creía haber impuesto, el mundo sobre el que se posaba su mirada todavía era un caos.

Desde algunos días o gigantes que le habían ayudado a vencer a su padre, reclamaban más poder. Para lograr su fin, habían intentado escalar el Olimpo. Zeus no estaba inquieto, las paredes de la montaña eran muy escarpadas, y pera muy poco probable que llegaran a la cima. Aún así, debía resolver el conflicto, y no quería utilizar la violencia, ¿Sería posible?

Zeus estaba agotado. Sus tormentos lo obsesionaban. Se sirvió otra copa de néctar. Ya Hades se había acostado a dormir. Sabía que había bebido mucho, pero estaba harto. Sólo tenía un deseo, sumirse en el sueño, y la bebida lo ayudaría. No sabía que, muy cerca, los gigantes habían demolido el monte Pelión y el monte Ossa, y los habían montado uno encima de otro. Habían llegado muy alto, muy cerca del dominio del dios.

El grito estridente de un ave rapaz, le arrebató el sueño a Zeus. Su águila. Su ave predilecta. ¿Por qué lo despertaba? El dios gruñó. El néctar le amarraba aún el espíritu. Se dio una vuelta sobre su colchón de plumas e intentó dormir de nuevo.

Esta vez fue un ruido de alas imperiosas que se lo impedía. El águila estaba furiosa. A punto de amenazar a su amigo, el dios. Zeus salió de su torpor, debía pasar algo muy grave para que el animal se comportase así.

Se levantó y casi desfallece de sorpresa. ¡Los gigantes! Los gigantes estaban ahí, a escasos metros debajo de él, con sus largas lanzas brillantes. Ya se creían los líderes, los jefes, y su risa burlona resonaba en la aurora.

Hades y Poseidón, a quienes el águila también habían despertado llegaron en su ayuda.

-       No podremos luchar – Dijo el primero
-       Son demasiado numerosos – Dijo el segundo

Y bien como siempre, so yo quien debe llevar la acción, pensó Zeus.

¿Pero qué hacer? Y bien, tenía en su poder un arma suprema, el rayo. Y desde entonces se llamaría rayo, que había sido un regalo de los cíclopes. Zeus jamás había usado ese fuego celeste, y le repugnaba hacerlo. Sin embargo, sabía que cuando la turba de gigantes posara un pie sobre su reino no tendría más remedio que hacerlo. Estiró su brazo y abrió la mano, una luz fulgurante brilló, y desagarró el cielo. Con un ruido ensordecedor el extraño edificio que habían construido los Gigantes se estremeció y estos cayeron al abismo.

El silencio retumbó sobre la cima del Monte Olimpo, mientras brillaban los primeros rayos de sol. Aliviado, Zeus, prometiendo jamás volver a abusar del néctar decidió recompensar a su fiel amigo, el ave rapaz:

-       Sin ti – Le dijo- Los Gigantes estarían en mi lugar en este instante. Como recompensa quiero que brilles por siempre en el cielo.


Fue así que nació la constelación de El Águila.

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