martes, 20 de mayo de 2014

Digital vs. Papel



Hace poco más de un año perdí la “virginidad de la lectura digital”, por primera vez me leí un libro en formato electrónico. En general las cosas digitales no suelen darme alergia. Ya me he acostumbrado a leer el periódico en la computadora, o en el iPad. No me niego a los cambios. Ni le huyo a las redes, aunque sí soy de las personas que no comparten mucho esta tendencia a ventilarlo absolutamente todo en redes sociales, cosa que tal vez sea una ironía viniendo de alguien que se maneja tanto por las mismas. En mi defensa sólo diré que no suelo poner mi desayuno ni avisar cuándo me estoy tomando un café. En todo caso, el mundo del libro digital tiene sus ventajas y desventajas y está aquí para quedarse. 

Así como me pareció una maravilla poder tener mis discos en un aparto de menos diez centímetros de largo, tener mis libros en un lector digital todavía no es algo que me convence. Lo sé. Hay algo de fetichismo. Lo primero que hago con un libro es olerlo. No es que el kindle huela mal, pero no es lo mismo. Quizás una de las cosas que más me angustia, además de las limitaciones que tengo en cuanto a las marcas que me gusta hacer a las páginas, es que el tema de manejarme en porcentajes en vez de en número de páginas me causa estrés. Sé que algún día –nada lejano- me dirán vieja atávica por esto, pero no me acostumbro. Llevo 20% del libro no es lo mismo a voy por la página 50.

También me ha costado el hecho de que la maravilla de poner el dedo sobre una palabra y que aparezca su definición entorpece el trabajo de marcar la frase. A veces se marca más de lo quiero, menos de lo que quiero. Me desespero entre botones, flechas y dedos que no se coordinan. Me siento vieja. El aparato me domina y me frustro.

Adicionalmente a eso me hace falta el peso del libro. Sí lo sé, eso debería ser una desventaja del libro de papel. ¿Quién quiere ir por la vida como un burro de carga? ¡YO!  Mi sentido omoplato izquierdo está muy agradecido, pero mi corazón no. Me gusta cargar con mis libros. También amo la textura y los colores de las portadas. La sensación de marcar las hojas y lo que es más, me delito al ver los libros que faltan por leer y los que ya he leído conviviendo en mi biblioteca. No es lo mismo darle a Home, luego abrir, luego buscar aquel libro que querías citar. Hay algo que para mí todavía no hace que la experiencia sea completa.

Empiezo a pensar que nunca seré como mi amigo Roger que va con sus cientos, literalmente cientos de libros digitales orgullosamente por todos lados. Tengo un apego que tal vez no sea sano y no mejore con la edad. Sí. Sufro de prejuicios en contra del libro digital. Es inconveniente en el fondo, pues con lo difícil que es comprar libros aquí resulta mucho más sencillo bajarlos a un dispositivo electrónico.


A veces quisiera hacer el cambio de forma más firme, pero lo que me sucede es que no me reconozco como lectora.  El acto físico de la lectura afecta tanto esta tarea intelectual. Leer sin duda es un ritual, claro que no descarto nada, porque como todo ritual se adapta y cambia. Además, quién sabe las sorpresas que nos traiga la tecnología.

En todo caso en estos días tengo que leer un libro de Virginia Woolf para un círculo de lectura y por error lo compré en digital. Suena a algo entre la tontería y la locura, pero yo siento que traicionar el libro. ¿Cómo vas a leer a Virginia Woolf en digital? no paro de preguntarme. No sé, pero el libro digital también es caro, así que no queda otra opción. Ya les contaré. 

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