miércoles, 4 de junio de 2014

Sobre dejar un libro



Este blog es sobre los libros que leo o que estoy por leer. Poco o casi nunca he hablado sobre los libros que dejo por la mitad o los que me cuestan. No es justo. No es justo con ustedes lectores. No quiero caer en generalizaciones, pero a todo lector, sobre todo un lector experto le ha llegado el momento en que no puede con un libro. Las razones son infinitas. Hay libros que sencillamente no nos quedan. O son muy grandes, o nos quedan pequeños, es decir, no nos estimulan, no los entendemos, subestiman nuestra inteligencia, o a lo mejor es un tema de calidad editorial, malas traducciones, malos empastados, la calidad del papel. Sin embargo, con el tema de la lectura y la cultura siempre hay una especie de vergüenza de admitir que uno dejó un libro. Será un mandamiento de Pennac, pero como no está escrito en piedra ni supone penitencia el no cumplirlo, saque sus conclusiones. 

Yo siento que desde mi labor no puedo sino admitir cuando una lectura me cuesta. No admitirlo sería hacerle un flaco favor a la promoción de lectura. Sería como ese profesor que se ofende porque sus alumnos no ven de entrada la maravilla de leer un clásico, por más aburrida y poco estimulante que sea su aproximación y su lección. Uno aprende a amar las cosas. La condición humana es tan vasta, cada cabeza es un universo, hay cosas que son para muchos, pero no todo es para todo el mundo.

El libro de junio de uno de mis grupos de lectura es Las Olas de Virginia Woolf. Me pasaron varias cosas con este libro. Entre otras dejé que pasara el tiempo porque pensé que sería fácil leerlo. Cierto, hace diez años traté de leer Mrs. Dalloway y no pude, he debido recordar que con esta autora no había sido fácil. Sin embargo pensé que diez años de lectura iban a cambiar muchísimo las cosas y me confié.

Comencé a leer un libro y me costó muchísimo. No es un libro fácil. Había cosas que no entendía. Tenía que retroceder constantemente. No es fácil ubicarse en la trama. Tenía cuarenta y ocho horas antes de la discusión. Me vi de pronto, apurando a Virginia Woolf, como quien come en quince minutos tres platos, postre y café porque llega tarde a una reunión.  Línea tras línea. Pasando rauda y veloz encima de unos párrafos tan poéticos, tan bellos, que de pronto me dije, leer esto así es faltarle el respeto a esta escritora y lo que es más, es engañarme a mí misma, y un despropósito con lo que hago.

Amo la lectura. Leer y recomendar libros. Me fascina terminarlos, comenzar uno nuevo, pasearme por la mitad. No se trata de acumular obras para poder pavonearme en Facebook o en mis talleres, miren vamos por junio y este año me he leído 25 libros, 60, o que nadie se entere que sólo he leído 3. No se trata de eso. La lectura es un viaje, hay que hacerlo bien. No puede ser como esos tours en los que te llevan por las ciudades,  tienes quince minutos para ver el museo más grande el mundo, o aquel monumento que soñabas con ver, estuviste más tiempo pendiente de tomarte la foto que de fijarte realmente en lo que estabas viendo, de saborear el momento y reflexionar sobre la experiencia y la vida.

La lectura tiene un tiempo. Cada libro tiene su ritmo, su cadencia, y depende de cómo resuena dentro de nosotros. Necesita calma. 

Así que cerré el libro. Fui al encuentro. Escuché a mis amigos que sí leyeron. Poco importa saber qué pasó. Lo que me importa es que ahora tengo datos para hacer una lectura lenta, cuidadosa, disfrutando de cada palabra y cada frase.

Me di cuenta en las 50 páginas que leí, que Virginia Woolf tenía una poesía, una delicadeza y una capacidad de mostrar imágenes que pocos autores que he leído tienen. Y lo digo, porque a pesar de que las imágenes y la trama están todavía confusas en mi cabeza, hay escenas que recuerdo como si las hubiera visto en cortos videos de You Tube.


Así que bueno. Esa es la historia del libro de este mes, el que tuve que cerrar y no me importa admitirlo. Lo voy a leer con calma. Y cuando lea les cuento. Si alguna vez les pasa. No se preocupen. La lectura tiene su curva de aprendizaje. Lo más importante al acercarse a una obra de arte es la humildad, acumular obras, libros, música, sin pensar, sin entender, es lo mismo que ver la nada.  

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