martes, 8 de julio de 2014

Día 6 - Un libro calificable como un placer culposo




Yo tenía trece años cuando me mandaron a un internado. Nunca olvidaré cómo mis papás arreglaron mi cuarto cuando me dejaron allí. Tendieron la cama. Metieron la ropa en las gavetas. Ordenaron las cosas de baño. Mi mamá insistía, paños, sábanas de repuesto, en la parte de arriba. Una caja para ir guardando esas cosas sueltas que uno va a acumulando. Lápices. Papeles. Un corcho para las fotos. Una cesta para la ropa sucia y una vez más repasar cómo se usa una lavadora, yo torciendo los ojos porque ya lo sabía perfectamente. Después vinieron los libros. Me habían comprado la colección completa, porque un tiempo antes había leído Flores en el ático en español, de V.C. Andrews porque mi mamá me insistía en que leyera y como yo le decía que no encontraba nada que me gustara me asomó el nombre de esa autora. 

Durante los primeros meses de lo que fue una dura adaptación a una nueva forma de vida pasé los fines de semana devorando los libros de V.C. Andrews. Sirvió para ayudarme a aumentar unos diez kilos, para hacerme adicta a las novelas de romance, para raspar casi todas las materias, pero también para acostumbrarme a un nuevo idioma -llegué al internado casi sin saber inglés, pero sabiendo demasiado como para que me pusieran en el programa de Inglés como segundo idioma. Estaba en un limbo intelectual. Fue horrible. - Las novelas de V.C. Andrews fueron una gran escuela de inglés. Vocabulario y gramática. Así aprendí lo que es leer un libro en su idioma original. 

V.C. Andrews sirvió también para refugiarme. Para evadir un poco la excesiva seriedad de un sistema educativo tan distante al nuestro. En salones de quince estudiantes nadie tira papeles, ni raya el pizarrón con cosas ofensivas a la maestra. Se hacen otras cosas, pero esas no. Adaptarme me costó un gran trabajo. 

El internado me dio, entre tantas otras, una gran lección: me enseñó a no aburrirme. Y eso lo aprendí a través de la lectura. Después vino un diario y después me enamoré de mis clases de literatura. Esas clases dejaron en mí una huella más profunda de la que imaginaba. Sólo ahora entiendo lo que significó para mí todo aquello. A veces quisiera regresar. 

Incluso quisiera volver a leer V.C. Andrews, con sus tramas que hoy en día me parecerán predecibles, sus desgarraduras de amor y sus descripciones cursis de sexo. Sin embargo, hay todo un mundo allí que resulta irresistible.

A veces me pregunto si yo pudiera escribir historias de amor y romance. Creo que sí podría hacerlo, incluso con cierto éxito, aunque no me gustaría describir la anatomía masculina refiriéndome a ella como "su miembro erecto" o algo así. Sin embargo, es parte del género. Parte de su encanto. Ese vidrio rosado que se le pone a todo. Drama. Pasión. Algo de locura y al final una serie de personajes que aunque sigan la receta de una trama elaborada por autores que están trabajando como en una línea de producción, con un patrón definido atrapan. 

A veces quisiera volver a la inocencia de no juzgar un libro desde cierto tipo de "conocimientos" o la especie de plataforma que nos da el haberlos superado. Quizás en una relectura descubriré si los he superado o no. Tal vez el romance nunca queda atrás. El romance como este. El de la novela clásica. El que es pura fantasía. 

Yo digo con orgullo que en esta colección nació todo para mí, en lo que lectura y a escritura se refiere. Y por último siempre me recuerdan que los promotores de lectura más importante en mi vida siempre han sido mi mamá y mi papá -Para que mi papá no se vaya a ofender el jamás aprobó estos libros, pero su opción es siempre no discutir con las mujeres. Él me regaló otras cosas como ¿Y hubo alguna vez 11.000 vírgenes? deJardiel Poncela-.

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