miércoles, 9 de julio de 2014

Día 7: Un libro que te prestaron




No es fácil este oficio que implica sentarse a escribir cosas sin que nadie lo mande. Día tras día, frente a la computadora o el cuaderno porque sí. Es fácil llenarse de frases alentadoras y de consejos que a veces suenan un poco a autoayuda. El caso es que el camino de la persona que quiere vivir de su expresión está lleno de dudas. 

Me ha pasado mil veces. Doy vueltas dentro de mí misma. Me cuestiono. Dudo. ¿Tendré el talento? ¿Tendré la fuerza? ¿Quién necesito que me valide? ¿De verdad necesito que alguien me valide? ¿Qué quiero decir? Son tantas cosas. ¿Qué quiero decir primero? ¿Qué escribo primero? Son tantos proyectos. ¿Por cuál empiezo? Pierdo el foco y sólo con la escritura he logrado mantenerlo realmente.  Escribir, sobre todo una novela es un trabajo muy complejo y arduo. Justo cuando pensé que estaba lista me di cuenta que tenía que regresar al comienzo. Sin embargo, también recuerdo cuando no había escrito ni una sola página. 

Un amigo muy querido me dijo: yo te voy a ayudar. Así. Por esas cosas que llegan sin que uno las pida demasiado. Porque así como a diario uno ve cosas que le hacen perder la fe en el ser humano, uno de vez en cuando ve cosas que le devuelven -al menos las ganas- de creer que no todo es abyección, cinismo, envidia y una competencia. Los amigos de verdad. Los puros, aunque esa palabra me la cuestionen tanto, también existen. 

Este amigo me dio tres libros, los cuales no he devuelto. Y que conste que el otro día estuvo en mi casa y yo olvidé hacerlo. Los libros son: Franny and Zooey de J.D. Salinger, Los sinsabores del verdadero policía de Roberto Bolaño y Que viva la música de Andrés Caicedo. 

El libro que voy a escoger para hoy es: Franny and Zooe and J.D. Salinger. La novela insigne de este autor es El guardián entre el centeno, porque tiene que ver con ese ser perdido y desorientado de la adolescencia, y  la gran mayoría nos hemos sentido así. Incluso más tarde en la vida. Franny and Zooey toca los mismos temas. En el seno de una familia complicada este par de hermanos da vueltas sobre su circunstancia.  Uno va leyendo y casi nada tiene sentido. Ella quiere ser actriz y da vuelta sobre sí como un trompo. Se pregunta. Se cuestiona. Hace locuras. Dice incoherencias. Uno pasa las páginas y en varios momentos se pregunta ¿Por qué estoy leyendo esto? Confieso que a pesar de que la novela es corta no la leí rápido y pensé dejarla un par de veces. 

Sin embargo el final es como el de un cuento. El autor nos gana por knock-out. Me quedé sin aire cuando leí los últimos párrafos. Me vi tan reflejada en Zooey que quería volver a leer el libro de nuevo. Creo que junto a Cartas a un joven poeta es una novela que en los peores momentos llevo en mi corazón. Porque este tipo de oficios está mitificado, y a uno no lo preparan para ello. 

Agradezco tanto esos préstamos. Siempre he pensando que hay libros que llegan a nosotros en el momento preciso. Que tienen su momento. Su momento en nuestras manos, en nuestra biblioteca, en nuestra mente, en nuestra biografía, en la historia que contamos a medida que vamos viviendo. Algunos se vuelven parte de nuestro léxico, otros de nuestra forma de mirar el mundo, de procesarlo, de soñarlo, de interactuar con él y de dibujarlo. Otros son pesadillas y fantasmas. Algunos, la gran mayoría son un arma, y pueden ser incluso una espada de doble filo. Los libros, como cualquier herramienta hay que aprender a usarlos. 

Estos libros que me prestó El Foto Voyeur son de los que estoy usando como lupa para mis propios sueños. 

Los voy a devolver, quienes me han prestado libros saben que los devuelvo, y que cuando los presto los pido de regreso, sin la menor pena. Sin embargo estos se han ido quedando aquí por la huella que dejaron en mí. En otro post les contaré qué fue de Bolaño y Caicedo. Bolaño por lo pronto está la gaveta de mi mesa de noche cumpliendo una función más allá de la historia que contiende, es el guardián de una carta de amor. Parte del por qué no lo he devuelto es que no sé cómo sacarla de allí. Es curioso como los libros protagonizan historias más allá de la que cuentan. 

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