martes, 14 de junio de 2016

El Golem - Jorge Luis Borges



Tomado del libro Los 130 mejores lectores de poesía escogen los poemas del siglo XX que, por algunas razones, aprecian por encima de cualquier otros.

Marcos-Ricardo Barnatan nos dice de Jorge Luis Borges

"...como la elección se limita a un poema he preferido que Borges esté representado en esa ambiciosa y compleja composición titulada "El Golem". Él mismo, que no creía demasiado en la orginilidad, pensó que había creado una pieza original en la que la historia, la reflexión y el humor se coaligaban. El poema tiene su fuente lejana en la lectura juvenil de la novela de Gustav Meyrink que le regaló en Ginebra la baronesa Hélène von Stummer y posiblemente en el film expresionista alemán que evoca la historia de ese homúnculo creado por rabí Judá León de Praga, el golem, "que en hebreo significa terrón de tierra, así como Adán quiere decir arcilla". y donde aparece ese "gato que no está Scholem". Otras posibles son los libros sobre Kábala y misticismo judío que Borges solía citar, al que hay que agregar uno nunca mencionado titulado Le Golem, légendes du ghetto de Prague, publicado en Estrasburgo y en 1928 por Chayim Bloch, en el que la historia de cabalista es contada con muchas de las características que le otorga el poema."

EL GOLEM

Si (como el griego afirma en el Cratillo)
el nombre arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció al Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, el Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores,
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
Aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
a la basta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explica al universo
(Esto es mi pie, esto el tuyo, esto la soga)
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino).

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
pude engendrar este penoso hijo 
y la inacción dejé, que es la cordura?

¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana 
madeja que en lo eterno se devana, 
di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de angustia y de luz vaga,
en Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosa que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?

De, El otro el mismo, 1969






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